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Perfil
Hay tres cosas que en la vida siempre me han fascinado. La primera, la lectura; la segunda, la música y la tercera, el juego (voleibol, básquetbol, principalmente). En mi adolescencia, disfruté sobre todo de la última. En ese entonces todavía no se sabía de Internet, ni que iba a haber manera de descargar cualquier cantidad de canciones y llevarlas en un aparato pequeño en el que cupieran unas 1,000 de ellas.
El tema de los libros siempre estuvo íntimamente ligado al de mi economía personal. No había dinero, no había libros. Ni modo. La biblioteca se convirtió, entonces, en ese espacio de consulta e investigación amateur que me mantenía ocupada y me sacaba de apuros escolares. Más tarde, cuando entré a la licenciatura, el préstamo de libros por una semana fue –digámoslo así- como mi salvación académica.
Conforme iban pasando los semestres en la carrera de Estudios Internacionales, misma que cursé en la Universidad de Guadalajara, la carga de trabajo académico hacía que pasara las noches acompañada de café y una coca cola. El primero por gusto y la segunda por necesidad: requería que me espantara el sueño. Me acostumbré, pues, a leer y escuchar música, siempre acompañada de una taza de café y una coca cola. Cuatro horas diarias eran más que suficientes para descansar y estar al otro día, a primera hora de la mañana, lista para el trabajo y, de ahí, a la escuela.
Actualmente, si bien mi situación económica ha mejorado considerablemente –ahora ya puedo comprar uno que otro libro-, mis hábitos empero han ido cambiando un poco. Estoy tratando de eliminar el refresco por una simple razón: no me ayuda en mucho a mi peso. El café sigue ahí, en la pequeña cafetera que a mis hermanas les molesta mucho porque sólo rinde dos tazas, pero que cuando estoy sola es más que suficiente para satisfacer mi paladar.
Pero desde siempre –ya saben ustedes que siempre hay un pero en la vida-, desde que me acuerdo, el bienestar de los demás me ha importado. Antes lo entendía como una virtud pero de un tiempo acá se convirtió en un defecto. Los seres humanos no podemos ayudar a nadie más que a nosotros mismos y eso no siempre es acertado. Creo que con simplemente estar ahí, escuchar lo que los otros tengan que decir, uno logra algo; si además, uno tiene la palabra correcta, quizá hagamos sentir bien a la otra persona y, finalmente, si con base en eso se crea un lazo sólido de unión limpio y sincero, entonces trascendemos. Lo demás está, sinceramente, fuera de nuestro alcance.
Entiendo al ser humano como un ser complejo, difícil de entender. Y si ese ser humano es mujer, mucho más profundo su nivel de complejidad y, por ende, mucho más difícil de entender… No obstante, ser mujer es fascinante. Me encanta lo que la mujer es capaz de hacer y, si no hubiera tanto hombre con ideas retrógradas, el mundo nuestro sería mucho mejor.
Esta soy yo: compleja, sí; consciente de mis propios defectos, no tanto; atenta a lo que venga, siempre; dispuesta a ser mejor… quizá, sólo quizá.



Pero desde siempre –ya saben ustedes que siempre hay un pero en la vida-, desde que me acuerdo, el bienestar de los demás me ha importado. Antes lo entendía como una virtud pero de un tiempo acá se convirtió en un defecto. Los seres humanos no podemos ayudar a nadie más que a nosotros mismos y eso no siempre es acertado. Creo que con simplemente estar ahí, escuchar lo que los otros tengan que decir, uno logra algo; si además, uno tiene la palabra correcta, quizá hagamos sentir bien a la otra persona y, finalmente, si con base en eso se crea un lazo sólido de unión limpio y sincero, entonces trascendemos. Lo demás está, sinceramente, fuera de nuestro alcance.