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  • Beatriz Aguirre

La propaganda del odio


Denigrar a una persona, acosarla públicamente, calumniarla constantemente, promover al otro como un ser deshumanizado y criminal, amenazarlo desde el anonimato, no es ejercer la libertad de expresión. Eso es incitar al odio. Un ejemplo de cómo se estableció esa propaganda del odio fue lo que los nazis le hicieron a los judíos el siglo pasado. Robert J. Sternberg (2005) ha realizado un análisis de los tres componentes esenciales del odio. El primero, la negación de la intimidad o distanciamiento. Se refiere a la distancia emocional que se toma con respecto al otro, quien es observado con repulsión y asco, incluso sin la necesidad que exista un contacto físico pero sí una persecución en redes sociales. La propaganda del odio se encarga posteriormente de dar a conocer y denunciar la “repugnancia” de un individuo concreto o sobre un grupo en particular.


El segundo componente es la ira irracional. Mucha gente odia a otras personas sin conocerlas y su ira está basada en la desinformación que la propaganda ha hecho de individuos o de grupos. Las redes sociales han permitido la cercanía y consumo de esa desinformación como si fueran verdades absolutas e indiscutibles. La propaganda juega un papel fundamental en este elemento, intensificar el miedo hacia el otro haciéndole ver como potencialmente peligroso. Finalmente, la tercera premisa expuesta por Sternberg es la devaluación del otro a través del desprecio, lo que además provoca confrontación. Este elemento va intrínsecamente ligado al tema educativo, desde donde el estado nazi, por ejemplo, impulsó la devaluación de los judíos. Estos elementos nos sirven para dimensionar cómo la propaganda del odio, ahora bajo el mundo digitalizado, se ha convertido en una herramienta que destruye el tejido social y polariza a los grupos sociales. Esto en Europa ya es una alerta regional y todos los estados que integran la Unión se ocupan ya de crear las leyes para evitar el anonimato en redes sociales y la incitación del odio. Lamentablemente, nuestro país –para no variar– llega tarde en su interés por estos temas que, cada vez mayor frecuencia, nos advierten de un peligro auténtico y mayor contra el “otro”.

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